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'Es necesaria una formación continua para tener una buena Inteligencia Emocional'

Fecha de publicación: 

Entrevista a Natalia Alonso experta en el tema

Natalia Alonso Alberca, Adimen Emozionalean adituaNatalia Alonso Alberca es profesora de la Facultad de Educación, Filosofía y Antropología, de la UPV/EHU, y es experta en Inteligencia Emocional, ámbito en el que centra su investigación y sobre el que forma a profesionales del ámbito educativo y organizacional.

En el OVJ se han desarrollado en los últimos años diversas formaciones sobre Inteligencia Emocional, y se acaba de celebrar una nueva edición, en este caso dirigida a profesionales que ya se formaron en el primer nivel.

  • Para centrarnos, ¿podrías recordarnos qué es la Inteligencia Emocional?

Es ampliamente aceptado que las emociones afectan a los procesos que vivimos a diario: si estamos tristes probablemente tengamos menos ganas de relacionarnos, si estamos enfadados tenderemos a luchar para recuperar evitar una situación de afrenta, y si estamos satisfechos en nuestro trabajo probablemente tenderemos a rendir mejor. Es decir, las emociones influyen en cómo nos relacionamos con los demás, y en otros procesos como el afrontamiento de tareas y nuestro rendimiento.

En este sentido, la Inteligencia Emocional, concepto planteado por Mayer y Salovey (1997), hace referencia al conjunto de habilidades para procesar la información que procede de las emociones, y usar dicha información para tomar decisiones que favorezcan la adaptación y el bienestar. Este conjunto de habilidades emocionales empieza por atender a lo que sentimos y lo que sienten otras personas, continua con analizar las causas y las consecuencias de las emociones y los sentimientos, y se concreta en ser capaz de aprovecharlas y de gestionarlas de modo que promueva el crecimiento emocional e intelectual.

  • ¿Qué nuevas aportaciones al ámbito se han dado en los últimos años?

La investigación y las propuestas prácticas en IE son crecientes, pues el interés científico y social que ha suscitado ha llevado a desarrollar estudios que demuestren el valor de la IE para las personas y los grupos, así como a diseñar e implementar intervenciones dirigidas a mejorar la IE, desde la infancia y la adolescencia hasta la edad adulta, y dirigidas a colectivos de diversos. Los resultados de la investigación refuerzan la relevancia que la IE tiene, pues sabemos que se vincula al afrontamiento activo y positivo, a las relaciones sociales satisfactorias, a mejor percepción de uno mismo y a una mayor capacidad para generar entornos cooperativos. Además, sabemos también que déficits en las habilidades emocionales se relacionan con peor salud, así como una mayor aparición de problemas emocionales y conductuales.

Todos estos hallazgos y la evidencia de que las personas con mayores habilidades emocionales afrontan mejor las dificultades y sacan mayor partido a las situaciones positivas (ambas en todos los ámbitos de la vida) están poniendo el foco en la IE, como una “herramienta” transversal que puede beneficiar a las personas y a los grupos a desarrollarse positivamente, y a afrontar las situaciones adversas con aceptación y con entereza.

También sabemos ahora que las intervenciones para mejorar la IE dan frutos, pero que estos, muchas veces, van a tardar en recogerse, porque las habilidades emocionales requieren un esfuerzo consciente y mantenido en el tiempo para interiorizarse. Por ello, es importante que sepamos que mejorar nuestra IE está a nuestro alcance (¡al alcance de todoas!), pero que vamos a tener que darle un plazo a la mejora para que se asiente.

  • Así que… ¿Es necesaria una formación continua para tener una buena IE?

Es necesario un esfuerzo, un interés continuo por ser competentes emocionalmente, y por ayudar a otras personas a serlo. Y es que el reto es éste: ser personas que, cuando nos encontramos con situaciones adversas, somos capaces de aceptarlas y afrontarlas de manera activa, poniendo en marcha nuestros recursos, a la vez que adquirimos nuevos recursos que mejoren nuestra competencia.

Afortunadamente, este esfuerzo es como el de aprender a conducir, que se interioriza, se naturaliza, de modo que no haya que dedicar horas cada día al entrenamiento de las habilidades para percibir las emociones, comprenderlas y gestionarlas. Del mismo modo, como con la conducción, tendremos numerosas oportunidades para mejorar nuestras habilidades, mejorar nuestra atención al entorno y al vehículo (nosotros mismos y las otras personas), a nuestras reacciones, y a cómo el cansancio o una buena noticia afectan a nuestro modo de conducir(nos).

  • El tema suscita interés social… ¿Qué pasos habría que dar para ser una sociedad “emocionalmente inteligente”?

Una sociedad emocionalmente inteligente se caracteriza porque sus miembros lo son, y sus instituciones lo promueven y apoyan. Las administraciones tienen un papel clave al avalar y promover iniciativas que favorezcan la competencia emocional de las personas. Esto ha de tener su reflejo en la escuela, en los entornos laborales, en el barrio, en las propias leyes… Tenemos que reivindicar nuestro derecho a la educación emocional, y a reclamar esfuerzos institucionales para construir sociedades emocionalmente inteligentes, con todos los beneficios que eso entrañaría.

Como he mencionado, cada vez son más las iniciativas, desde formación de profesionales hasta la implementación de programas, apoyadas por el desarrollo de herramientas de medida de la IE. Muchas de estas iniciativas son un ejemplo respecto a la posibilidad de promover la IE sin necesidad de una gran contribución económica, pero sí un esfuerzo consciente y amplio por asentar las bases de una sociedad emocionalmente inteligente.

Cuando en nuestra sociedad las personas sean capaces de aceptar las situaciones adversas, de poner en marcha sus recursos para hacerles frente, de tolerar el malestar y no huir de él, a emprender iniciativas que ayuden a gestionar dichas situaciones del modo más positivo posible (que no quiere decir que todo sea siempre positivo), y a saber promover situaciones y experiencias de crecimiento individual y social, podremos hablar de ella como Emocionalmente Inteligente.

Para esto, todas las personas tendríamos que contar maneras de desarrollar nuestras habilidades emocionales y alcanzar retos en cuanto a nuestras dificultades al respecto (todos tenemos alguna emoción, alguna situación, algún momento en el que nos cuesta más poner en marcha las habilidades para percibir, comprender, facilitar y regular las emociones).

  • ¿Qué papel tenemos las personas que trabajamos en el ámbito de adolescencia y juventud en este logro?

Sabemos que el modo más efectivo para promover este desarrollo es ser ejemplo activo, y referente de competencia emocional. Por ello, es fundamental que quienes trabajamos con jóvenes y adolescentes sepamos identificar, entender y gestionar las emociones y los sentimientos, tanto los propios, como los de las personas con las que trabajamos.

Contar con referentes brillantes (con dificultades y limitaciones, por supuesto) y ayudas que nos permitan ir mejorando la IE es esencial, y quienes trabajamos en el ámbito educativo tenemos una responsabilidad al respecto, pues somos educadores emocionales queramos o no, somos un referente en cuanto que nuestro ejemplo educa. Plantearnos si eso que estamos mostrando favorece o inhibe el desarrollo de las habilidades para aceptar, captar, analizar, gestionar las emociones está en manos de cada uno y cada una.

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